MEXICAN POETS GO HOME: Garza Islas, Arellano, Tarrab

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The following preview of Mexican Poets Go Home (Bongo Books, forthcoming) is suitable for audiences of all ages, with the exception of those susceptible to hairloss resulting from images that suggest the bones of parents (Diana Garza Islas, Nuevo León, 1985), those with a propensity to respiratory shutdown as a result of sad folk songs and hard blows from stones of sound (Alejandro Tarrab, Mexico City, 1972) and those with embolism issues derived from frequenting actors’ cafés and bikini bars (Luis Alberto Arellano, Querétaro, 1976). The situations and characters depicted bear no relation to the current political, sporting or hepatic reality of the nation. The verses and opinions of the authors reflect faithfully the geological convictions of the Bongo Books team.

El siguiente adelanto de Mexican Poets Go Home es apto para todo público, excepto para aquellos susceptibles a perder cabello debido a imágenes que implican huesos de los padres (Diana Garza Islas, Nuevo León, 1985), aquellos propensos a paros respiratorios a causa de las canciones folk tristes y a los golpes duros con piedras de sonido (Alejandro Tarrab, Ciudad de México, 1972) y aquellos con problemas de embolia derivados de la visita a cafeterías de actores y a los bares de bikinis (Luis Alberto Arellano, Querétaro, 1976). Las situaciones y los personajes no tienen relación con la actual situación política, deportiva y hepática de la nación. Los versos y las opiniones de los autores reflejan fielmente las convicciones geológicas de los integrantes de Bongo Books.

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Diana Garza Islas – So Bonealone You Were Going

That fluid nudeness
associated by you with wheat.
Upscale fences between,
sequences of grass
on grass: pieces that devour
the color of the other river, under the bone.

To stroke her mouth is La Dolida. And how
many do you have? How many exclusive
wardrobes of voice?

Or was it just to say
this again?

Your head wrapped up tight in black tape, matt to the kiss.

Your suitcase.

Your availability, bloodwise. Your availability
bluewise. —Broadcasting
live from the Avernus

And not the certainty of that meditative deathshead
but that the act

of suggesting you stayed
should not have been taken to mean for you to stay.

How to localize a cloaked act
at midnight.

Against the light.
At windbreak, the gas.

Monolithic artifact, antsy to make
forty times a second
his symptomatic river hanker for the sun:

Its lava the sun my wheel
my weapon
my striday.

Its lava the sun contains.

Which is to say: the plot
/ thickens.

Or how to localize that gesture you make when you grasp
the hand with sesame seeds, which is to say that yesterday
in front of a screen, red,
the face of the face of someone else was divided.

Or how to localize with a laser pointer a point on the grass
to imagine a cave.

My cave.

Or, to say it that way,

how to localize the recommended manner of averting
your eyes when you glimpse

the bones of your parents on the grass,
hushed.

Alejandro Tarrab – Our Art

We despise each other. With sad folk songs, with hard blows from stones of sound we berate ourselves. Low blows to the face. We like what we do. We are here to hate ourselves, to spit on ourselves and drag ourselves out by the face. With needles in our breast, my heart. Center, scepter. We dance. We put our heads together in such a way that we can hear ourselves: our art. We build a refuge, a shrine with portraits: of us, babbling, dancing and shoving, sturdy. Later we look at the daguerreotypical photos, burnt and yellow, and we weep almost. Together. With needles in our eyes, my heart, we build what’s ours: sad songs, hard blows that project and may be read, a feathery fine dust on the skin. In those photos there are children in formaldehyde. Misshapen fetuses dissolving in the image. Aberrations with two heads saying art to each other. We see them and implore them, for our sake and that of our children’s children and so on. We soon end up chuckling. It’s moving. How does one thing lead to another? How does one extreme stay behind and drag us to the other extreme? Laugh at what we are, the needles now receding. Sedation. Contractions of joy. Shoves of joy together. We feel, then, a new impulse to create. Something we call ours, that is neither yours nor mine. Something inherited, grounded, linked to a story but that is not a story. Something alien, not-original, that burns us and we must say so. Something flagrant without its author. A performance that gets it right in the not-center of the created. Your head together with mine (percussion, I almost cannot hear you). In secret you captivate me I have to dance. Something ephemeral, fateful, divided. Risky. Led, hard blows to the stone. We are here to despise each other. There’s a song that says (I’m no good at translating): we’ll take our clothes off in the dark and my fingers, my fingers will walk the crenellations of your spine.

Luis Alberto Arellano – from Triptych of Complacency

Beauty always needs the weird
like rattlesnakes need the sounds
of the desert to ferment their perception
repeated Robert Motherwell
in West Hollywood
in and out of actors’ cafés
and flying bikini bars
Beauty hoards weird sheet music
that she plays for her pleasure alone
he repeated as he selected bottles
of precious glass
and placed them in order of appearance
in the many pockets of his military dress coat
wrecked by the savage Mojave sun

The spirit habituated to beauty must decide between
the potential coordinates of a perfect moon landing
or the permanent whistle of a broken coffeepot
in their left eardrum
Why choose if everything has its very stable
limits despite
the accumulated puppies
and the impertinent resolution
of continuity we are afraid to name
out loud
dead body marine salts

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Tan huesolita que te ibas

La desnudez esa tan cambiante
que asocias con espigas.
Rejas acaudaladas entre.
Secuencias de pasto
sobre pasto: piezas que devoran
el color de otro río bajo el hueso.

Acariciar su boca es La Dolida. ¿Y
cuántas tienes tú? ¿Cuántos armarios
exclusivos de voz?

¿O era sólo por decir
esto otra vez?

Tu cabeza, ceñida, con cinta negra mate al beso.

Tu maleta.

Tu disponibilidad de sangre. Tu disponibilidad
de azul. —Trasmitiendo

desde el averno, en vivo—.

Y no la certeza de esa calaca contemplativa
sino que el acto

de sugerir que te quedases
tampoco significaba que te quedases.

Como sistematizar el acto de una capa
a medianoche.

A contraluz.
A rompeviento el gas.

El artefacto monolítico, esperanzado en avenir
cuarenta veces por segundo
su río sintomático a desear el sol:

Su lava el sol mi rueda
mi arma
mi andadía.

Su lava el sol contiene.

Por decir que: la trama
/ se tensa.

O como localizar ese gesto que uno hace al asir
la mano con ajonjolíes, por decir que ayer
ante una pantalla, roja,
era dividida la cara de la cara de alguien más.

O como localizar con una pluma láser un punto en el pasto
para imaginar una cueva.

Mi cueva.

O, por decir algo,

como localizar el modo correcto en que se deben
girar los ojos al ver

los huesos de tus padres en el pasto;
calladitos.

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Arte nuestro

Nos odiamos. Con canciones folk tristes y golpes duros con piedras de sonido, nos damos. Toques bajos, en la cara. Nos gusta lo que hacemos. Estamos aquí para odiarnos, para escupirnos y sacarnos por la cara. Con agujas en el pecho, corazón. Centro, cetro. Bailamos. Juntamos de tal manera las cabezas, que podemos oírnos: arte nuestro. Construimos un refugio, un altar con retratos: nosotros hablando sinsentido, bailando a empellones, recio. Después vemos las fotos daguerrotípicas, quemadas y amarillas, y lloramos casi. Juntos. Con agujas en los ojos, corazón, construimos lo nuestro: canciones tristes, golpes duros que proyectan y pueden leerse, un polvo fino posándose apenas en la piel. En esas fotos hay niños en formol. Engendros diluyéndose en la imagen. Aberraciones de dos cabezas diciéndose al oído arte. Las vemos e imploramos por nosotros, por los hijos de lo hijos y así. Acabamos pronto riendo. Es conmovedor. ¿De qué manera una cosa lleva a otra?, ¿de qué manera un extremo queda atrás y nos arrastra hacia otro extremo? Reírse de lo que somos, con las agujas ya cediendo. Sedación. Contracciones de alegría. Empellones de alegría juntos. Entonces, sentimos un nuevo impulso por crear. Algo que llamamos nuestro, que no es tuyo ni mío. Algo heredado, fundamentado, ligado a una historia, pero que no es historia. Algo ajeno no-original, que nos quema y debemos decirlo. Algo flagrante sin su autor. Una performance que acierte en el no-centro de lo creado. Tu cabeza junto a la mía (percusiones, casi no puedo oírte). En secreto me cautivas hay que bailar. Algo efímero, aciago y fraccionado. Azaroso. Led, golpes duros contra la piedra. Estamos aquí para odiarnos. Hay una canción cuya letra dice (no soy bueno traduciendo): nos quitaremos la ropa en la oscuridad y con los dedos, ellos repasarán los huecos de tu columna.

de Tríptico de la complacencia

La belleza necesita siempre de lo extraño
como las serpientes de cascabel precisan de los sonidos
del desierto para fermentar su percepción
repetía Robert Motherwell
por West Hollywood
entrando y saliendo de las cafeterías de actores
y los bares de bikinis que vuelan
La belleza almacena extrañas partituras
que toca sólo para complacerse a sí misma
repetía mientras seleccionaba las botellas
de cristal precioso
y las colocaba en orden de aparición
en las múltiples bolsas de su casaca
militar arruinada por el violento sol del Mojave

El espíritu habituado a la belleza debe decidir entre
las coordenadas potenciales de un alunizaje perfecto
o el silbido permanente de una cafetera rota
dentro de su tímpano izquierdo
Para qué elegir si todo tiene sus límites
bien estables a pesar
de los cacharros acumulados
y de la impertinente solución
de continuidad que tememos llamar
en voz alta
cuerpo muerte sales marinas

Captura de pantalla 2015-05-06 a la(s) 21.12.24

 These poems and their translations are taken from Mexican Poets Go Home, forthcoming from Bongo Books. All translations realized by the authors in collaboration with John Z. Komurki and Mexico City Lit. The illustrations are a selection from the book CS (Sacred Prism) by Inés Estrada.